La experiencia es el idioma de la meditación

Actualizado: jul 25


por Gabriela Binello


Todos los ejercicios de todos los libros; todos los audios, videos o cualquier soporte que promuevan prácticas meditativas no son “meditaciones en sí” sino técnicas de visualización, de sonido, de entrenamiento de nuestra mente. El estado de meditación surgirá únicamente si esa técnica resulta efectiva.

Meditar es establecer una conexión muy profunda e intensa con un objeto, cosa, concepto o cualidad (o no, en caso de que hablemos de estados meditativos muy avanzados en los que no se requiere objeto: nirbijah samādhi).

Meditar es un estado expandido de nuestra mente que se logra a través de algunos soportes u objetos (especialmente al comienzo del entrenamiento).

Meditar es conectarnos con nuestro ser interno (conciencia, cit, drṣṭ, puruṣa, jīva, según desde donde se lo enfoque), ese ser que no cambia, que no se ve afectado por el mundo externo. En ese viaje hacia adentro, meditar es conocernos, aprender a ser sinceros con quiénes somos, con lo que resonamos, con nuestras debilidades y nuestro potencial. Meditar es reconocer y aprender a expandir nuestro potencial.

Meditar es aprender a desconectarnos de un programa de agitación mental y sufrimiento emocional.

Todo esto no implica transformarnos en seres que no sienten dolor ni emociones. No significa ubicarnos en un lugar en donde “nada nos afecta”. Seguiremos sintiendo placer y dolor, alegría y tristeza, pero habremos aprendido a no quedar “pegados” a esas emociones. Y cada vez que accedamos al estado meditativo, estaremos re-ajustando algo en nuestro interior que hará que nuestra percepción -por más ínfimo que sea ese ajuste- ya no sea la misma. Será una percepción más amplia y clara.

Uno de los resultados secundarios de la meditación es que provoca una transformación inevitable. Ya no soy el mismo o la misma que antes, por más que vuelva a mi vida normal. Hay algo que se abrió, que se despertó, que se reconectó adentro mío y eso hace que, a pesar de seguir viviendo mi vida de siempre, ahora lo haga desde un lugar más liviano. Y es por esta razón que la idea de meditar resulta tan atractiva para tantas personas.

Sin embargo, no alcanza con querer “atrapar” este resultado. No se puede asegurar la meditación a todo el mundo, por más que se adquieran todos los métodos de todos los gurúes de todo el planeta.



Nuestra mente racional lucha con conceptos que parecen tan abstractos. Eso está bien porque nuestra mente racional se mueve en niveles superficiales (manas, asmitā, buddhi) y no puede captar esta experiencia. Es como si la obligáramos a hablar un idioma que ella desconoce.

¿Cuál es el idioma que habla nuestra mente más superficial? El idioma de lo correcto o incorrecto (argumentos, estructuras, asociaciones, comparaciones), el idioma de la imaginación y la memoria (ligada a los deseos, aversiones, proyecciones, identificaciones, rótulos, clasificaciones dentro de lo conocido/aprendido). Ese no es el idioma que habla nuestra mente expandida en estado de meditación.

Entonces, queda claro que “imaginar” no es meditar. Visualizar no es meditar. Todas esas técnicas (que no son más que actividades de nuestra mente ordinaria) pueden ayudarnos en un comienzo a salir del estado de agitación, de estrés o de inactividad mental, pero no son estados meditativos. Son pasos apenas iniciales para entrenar a nuestra mente.

Si nos quedamos pegados a imaginar mundos virtuales probablemente vivamos un buen momento, como cuando vamos al cine y vemos una película.

Pero ir al cine no es conectarnos con nuestro ser.


Extractos del libro Yoga Personalizado. Inspirado en T. Krishnamacharya.

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