Sanar. El fin de los secretos.

Actualizado: 31 de ago de 2020

por Gabriela Binello


Tuve y tengo a los mejores padres. Los mejores hermanos. Amigos. La mejor familia. El mejor compañero de vida. Los mejores perros. Los mejores terapeutas. Los mejores maestros y maestras. Hoy siento eso con total claridad.

Pero durante mucho tiempo me sentí rota. Una alienígena en casi todos los ámbitos sociales. Me dolía el mundo. Sólo me sentía en paz en mis cuevas. Me aburría en casi todas las conversaciones familiares. Esperaba interlocutores en los sitios equivocados. Detestaba que me llamaran a jugar con alguna pelota o cualquier actividad que implicara usar fuerza física. Hasta el día de hoy trato de comprender la fuerza física. Me caía mal gran porcentaje de lo que comía. Odiaba competir en algo. No entendía cómo “controlar” un cuerpo con semejante longitud de brazos y piernas. Podía temblar por razones inexplicables. Solía tener anginas radicales. Vivía con frío. Conocía por dentro el color verde musgo de la pileta en invierno… Soñaba con tal intensidad que aún tengo recuerdos que no sé distinguir si fueron “reales” o soñados. Tuve épocas en donde sólo quería estar en el regazo de mi madre o mi abuela. Podía llorar a mares si me picaba una hormiga roja en el dedo gordo del pie. Amaba inventar historias pero me paralizaba si detectaba que alguien me estaba mirando. Durante las navidades me escabullía en la quinta de Paso del Rey para hablar con los “enanos de jardín” escondidos por entre la ligustrina. Me ahogaba en la rutina escolar pero mucho más me ahogaba con ciertos rótulos escolares que me incitaban a cumplir sin manual de instrucciones. Todos los chicos que me gustaban tenían problemas existenciales. O los iban a tener.

Hasta que cerca de los 16 años le encontré la vuelta. Había materias en las que podía lucirme. Listo. Creí haber dado con la fórmula de inserción: me convertiría en una excelente alumna. Fui a Luján caminando para completar mi etapa mística y lloré una semana cuando me llevé un objetivo de matemáticas a diciembre. Pude sobreponerme a semejante fracaso durante el CBC. Los años de facultad fueron la primavera de mi paso hacia la adultez, sostenidos principalmente por mi nuevo paradigma de supervivencia y los trapos de Marcelo T. de Alvear 2230. Estaba en mi salsa: máximo de materias por cuatrimestre, cursos acelerados de verano, vacaciones con mochila por Centroamérica…. A los 22 ya estaba lista y licenciada. Todavía seguiría el recorrido intelectual un par de años más.

Hasta que vino el huracán. Nadie me había adelantado que Rio de Janeiro, a cidade mas maravilhosa do planeta, podía ser sitio de huracanes. Los vientos me tomaron por sorpresa y arrasaron con mis años de maestría, de beca Conicet, mis veranos escribiendo proyectos de investigación, estudiando portugués acelerado. Volaba Pierce, Verón, volaban mis preguntas, y verdades. Volaron cerca de 200 libros que conformaban una parte de la biblioteca de cedro de Vicente López. Todo pero todo lo que había estado construyendo hasta ese momento se desintegraba dentro de una tormenta de aire y calor que sólo me dejaba intacta esta frase: “estoy harta de la teoría”. Creía que estaba enloqueciendo y para contrarrestar ese miedo decidí ser normal, cortarme la melena de Pocahontas hasta la nuca, tener hijos y trabajar 8 horas por día.

El pelo me lo llegué a cortar…